En mi familia somos doce
hijos, ahora una de mis hermanas ya falleció pero en aquel entonces, cuando
teníamos como quince años, no cabíamos en la casa aunque donde vivíamos era de
dos pisos. El ingreso precario de mi padre, la falta de comida en casa y, en
general, los tiempos difíciles se sumaban haciendo complicado mantener a una
familia numerosa.
Después
de aprender, logré que mi tío me dejara trabajar en su local, del mercado, era
un buen lugar para comenzar a hacer servicios porque siempre había trabajo.
Sobre todo en temporada vacacional cuando las personas salían de casa por lo
que olvidaban las llaves. Mi sueldo consistía en un peso por cada cinco llaves
que cortara y dos pesos por cada chapa o candado que abriera, era un buen
salario para aquel entonces, yo era feliz ayudando con un poco en casa.
Pero
luego crecí me enamoré de una linda chica que rentaba unos cuartos en mi casa,
pero decidimos fugarnos. Con nuestros ahorros, rentamos un departamento en la
colonia guerrero, a decir verdad, era un cuarto que adaptamos para tener ahí
mismo cocina. Tuve que buscar empleo en otra parte, ahora necesitaba ganar
mucho más pues, muy pronto me enteré que iba a ser padre.
Busqué
trabajo en los anuncios clasificados de El
Universal ahí fue donde vi que solicitaban cerrajeros en una plaza de
Tecamachalco y ese mismo día me presenté con mi solicitud elaborada pero me
hacía falta una o dos cartas de recomendación. En ese momento yo no sabía ni
qué era eso, pero al llegar ahí estaba seguro de que me contratarían.
En
la entrevista una señorita me recogió la solicitud de empleo y mi acta de
nacimiento, luego me preguntó: “¿y su carta de recomendación?”, a lo que yo le
contesté: “¿qué no ha leído mi acta de nacimiento?, ahí dice que mi tío es
cerrajero de profesión, así que lo demás ya lo supondrá usted y lo afirmará mi
trabajo.” En ese momento estaba escuchando todo el “mero, mero” que me dijo:
“Está usted contratado”.
Ese
mismo día comencé a trabajar para el señor Rubalcaba, un judío de mucho dinero
que hizo un negocio estilo americano en el que contrató a varios cerrajeros
bien preparados para ofrecer servicios a los “ricachones” de la zona.
De
los primeros trabajos que recuerdo fue el que realicé en una casa de la calle
Durazno, en Polanco. Era una casa grande, llena de plantas pero las únicas
personas que estaban en la casa eran las domésticas y el chofer. Me dijeron que
una de las puertas de la habitación principal estaba atorada, no podían
abrirla. Entonces pasé a la habitación, estaba contemplando los posibles
porqués cuando una señora ya adulta me preguntó:
-“¿Qué
es lo que se le va a hacer a la puerta?”
Le
dije -“¿Qué es lo que tiene?”
Entonces el gesto de la
mujer cambió y hasta con voz grave me dijo:
-“Pues, ¿No es usted quien debería saber eso?”
Terminé recibiendo un regaño
de media hora, porque la señora estaba muy molesta por mi pregunta, al final
logre abrir la condenada puerta y me sentí mucho mejor pues la paga valía la
pena. Ese día llegué a casa y mi esposa estaba viendo una telenovela, El Pecado de Oyuki, me senté junto a
ella un rato, para descansar y fue entonces que descubrí a la señora gritona en
la novela, era Evangelina Elizondo.
No
dudé en contarle a mi esposa lo que me había ocurrido con esa mujer de mal
genio y ella me dijo: “¿Por qué no le pediste su autógrafo?” Fue entonces
cuando comenzó la preguntita diaria al llegar a casa. Muchas veces no tenía
mucho que contarle a mi mujer, pero otros días nos dormíamos muy tarde porque a
ella le gustaba que mi crónica fuera lo más descriptiva que pudiera ser.
De
mi mejor anécdota, no tengo una mejor que otra, lo mejor es contarlas todas, pero la que más le cuento a
mi esposa es la del día en que me quedé tarde en el trabajo, no había mucho
movimiento por esas fechas pues recuerdo que fue en navidad. Estaba a punto de
salir del trabajo cuando el patrón me llamó y me dijo que tenía una “chamba a
mi medida”.
Sólo
me dio la dirección, me dijo que era uno de nuestros mejores clientes, que
esperaba de mí, como siempre, ser discreto y que terminara el trabajo lo más
rápido que pudiera. Llegué al lugar, era un Hotel como de seis o siete pisos.
Subí hasta el pent-house ahí me abrió
una sirvienta; me dijo: “Quítese los zapatos para entrar, no haga mucho ruido.
Pase por aquí”, me quité los zapatos, la seguí hasta la sala, la puerta del
salón estaba cerrada y mi deber era abrirla.
Todo
me parecía muy misterioso, el departamento no estaba amueblado, salvo por una
caminadora así como algunas alfombras raras en el suelo. Mientras trataba de
abrir la puerta, de la habitación aledaña se abrió la puerta de donde salió un
hombre con bata y calzoncillos blancos. Era muy joven, parecía tener demasiado
sueño. Caminó hasta donde yo estaba, luego me preguntó: “¿Está difícil?”, le
dije: “No mucho”, (sonrió) caminó de nuevo a su cuarto, que era un muladar, el colchón de la cama estaba en
el piso y había muchas cobijas regadas.
Cuando
terminé de abrir la puerta, fui a la cocina con la doméstica, ahí el chofer me
estaba esperando con mi pago. Ya para salir, vi en la sala un cuadro con la
cara del joven y debajo el nombre de Luis Miguel, en ese momento para mí no
significaba nada, pero al contárselo a mi esposa, pegó un tremendo grito y no
dejó de decirme: “¿Por qué no le pediste su autógrafo?”.
Afortunadamente
tuve la oportunidad de ir a trabajar para él una segunda ocasión, pero esta vez
no pude verlo. Fue una noche, mi patrón me llamó a casa y me dijo que era muy
urgente que realizara un trabajo con el cliente especial de la otra vez.
Entonces fui, la señora de la limpieza me dejó pasar hasta con zapatos dentro
de la habitación de Luis Miguel, era un caso extraordinario. El cantante había
volado a Chile para recibir un premio pero su equipaje no llegó y no tenía
traje de gala para hacer presencia en el evento.
Lo
que hice fue abrir la puerta de su closet donde tenía un gran número de trajes
negros, que a mi parecer eran todos iguales, pero la sirvienta y “El sol” peleaban por teléfono por
escoger uno apropiado. Creo que el vencedor fue un Lui Vuitton. No podía llegar a casa con las manos vacías o Bertha
mi esposa se enojaría mucho conmigo. Afortunadamente el chofer me dio, junto
con el pago, unas camisas estampadas con la cara de mi socio.
En
el trabajo conocí de vista a muchos artistas de la época como Daniela Romo, que
me regaló un champú marca Daniela
para mi hija, pues le comenté que aspiraba tener el cabello tan largo como ella;
también conocí a las tres integrantes del grupo Flans, a los muchachos del grupo Magneto, al prepotente Ernesto Laguardia y al señor de señores
Rafael Sánchez-Navarro, aunque lo mejor de mi trabajo siempre fue poder
compartirlo con mi esposa y esperar su ansiosa pregunta ¿Por qué no le pediste
su autógrafo?




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